El Período Kamakura.
En épocas pasadas el jardín japonés se intentaba crear de la forma más natural posible, junto a la casa tradicional, que incluso en poblaciones muy densas se incluía siendo de mayor o menor tamaño, este jardín además se aderezaba con distintos elementos que dependían de la estación del año; perfumadas flores de ciruelo para el invierno, flores de cerezos para la primavera, plantas acuáticas para el verano, y crisantemos para el otoño (aunque hay muchos más recursos naturales para este aderezo estacional). Estos jardines no solo incluyen la vegetación domesticada por el hombre, sino que, entre los musgos favorecidos por piedras semienterradas dan la idea de un “iceberg” que ha estado ahí siempre, pero nada más lejos de la realidad, las obras del hombre como fuentes, lámparas y las mencionadas piedras, están ahí de una forma envejecida, dando un aspecto de naturaleza domesticada, controlada y disimulada.
En contraposición nace otro tipo de jardín a este tan natural, el jardín Zen. De carácter mucho más ascético y religioso, en los que se introducen dos aspectos fundamentales para su entendimiento, el Sabi o “寂” y el Wabi o “侘”.
Estos dos conceptos luego en la concepción japonesa forman hoy en día el concepto de Wabi Sabi o “侘び寂び” en el que dice que la belleza está en las cosas que se pueden ver, pero también la belleza puede residir en lo que permanece oculto, por ejemplo: Es bello el Monte Fuji, pero cuando este se encuentra oculto por las nubes y es imposible poder otearlo, es igualmente bello, por saber que detrás de las nubes se esconde la belleza de tal monte.
Uno de los jardines Zen más renombrados de esta época será el del Templo Ryōan-Ji “龍安寺”, ubicado cerca de Kyōto “京都”, este templo insertado en la naturaleza prevalece como iniciador de la doctrina zen, en la que a través de la abstracción se insertan en su jardín de rocas, arena rastrillada y musgo quince piedras, las cuales independientemente de la posición en la que uno se coloque, solo se pueden ver un total de catorce, únicamente pudiendo ver la plenitud de todo el conjunto mediante la meditación y la multitud de perspectivas que se han creado con la vista.
Construido en el 1473, este jardín tiene unas dimensiones de diez metros largo por treinta de ancho, estando cercado por una empalizada de barro apisonado, tras los que se pueden ver parte de la naturaleza que queda al exterior del templo, este deja ver cinco fragmentos de rocas y guijarros, que forman “islotes” que han sido deteriorados de forma natural, en torno a ellos aparece la arena rastrillada, siendo perpendicular, horizontal y también aparece circunvalando a estos “islotes” de piedra, no existe planta alguna, siendo el ejemplo más perfecto del “jardín vacío” o “空挺” (Kū-tei).
Reduciendo esta obra a dos principios requeridos para la meditación zen, la tranquilidad que produce el jardín que solo se ve interrumpida por el trinar de los pájaros y por el tañido de las campanas, lo único necesario para la meditación zen. Mientras que el segundo principio es el de la calidad abstracta del mismo, ya que los contenidos que se ven en el jardín de Ryōan-Ji no se expresan directamente, ayudando al espíritu a alcanzar el no espíritu o el no pensar, abriéndose así la puerta de la aprehensión intuitiva de la verdad suprema.
-Templo Obai-in Encargado por Hideyoshi, con una parte para los monjes y otra para los huéspedes, por eso vemos dos jardines zen diferentes. En frente de la zona de los monjes estaría marcado por la naturaleza, con árboles, musgo, vegetación más exuberante. Frente a la zona de los huéspedes estaría el jardín de rocas y piedras que reforzaría que aquellos alojados conectasen con el sentido espiritual del jardín y la meditación.
-Templo Daigo-ji
Tiene como particularidad un templo en un jardín privado, que es restaurado y ampliado en esta época. Se llama a esta nueva tipología de jardín privado y exclusivo Sambo-in, pues tiene muchos más elementos que los encontrados anteriormente. Aparecen más elementos arquitectónicos, con más linternas, más senderos, con espacios más amplios para que los monjes se reúnan, una vegetación más exuberante donde aparecen los famosos arces. Levanta un pabellón privado que se termina utilizando exclusivamente para la ceremonia del té. Está un poco sobreelevado, con pinturas y arreglos florales. Vinculado a esa preocupación de Hideyoshi por este espacio, viene también un cuenco característico para beber el té.
La escultura se caracteriza por su naturalismo y realismo. Un ejemplo emblemático es el Gran Buda de Kamakura (Kamakura Daibutsu), una estatua de bronce monumental de la deidad Amida, se trata de una de las esculturas más famosas. La mayoría de las esculturas de este período son figuras budistas, incluyendo a Buda y Bodhisattvas entre otros personajes importantes del budismo. De la misma forma, también se hacen esculturas de personajes históricos, esencialmente figuras importantes de la historia japonesa, como Minamoto Yoritomo, el fundador del shogunato Kamakura.
Características:
- Tendencia al realismo.
- Proporciones corporales más naturales.
- Mayor grado de detallismo.
Destaca la Escuela Kei, liderada por el escultor Unkei, que tiene un estilo que marcará una importante influencia por su realismo y naturalismo. Con sede en Nara, la escuela Kei dominó la escultura budista en Japón desde alrededor del año 1200 hasta bien entrado el siglo XIV, y mantuvo su influencia hasta el siglo XIX. La escuela Kei fue desarrollada y dirigida por el escultor budista Kōshō, su sucesor Kakujō y el hijo de este, Raijō. Entre los escultores de la escuela Kei, Unkei es el más famoso. Sus primeras obras son bastante tradicionales, similares en estilo a las de su padre. Sin embargo, las esculturas que realizó para el Tōdai-ji (un complejo de templos budistas en Nara) muestran un realismo sin precedentes en Japón.
Kongō Rikishi (Niō) en Tōdai-ji (1203): Unkei colaboró con Kaikei y otros escultores en la creación de dos figuras guardianas para la puerta Nandaimon del templo Tōdai-ji en Nara. Estas estatuas, de 8 metros de altura, fueron esculpidas en 72 días, haciendo uso de la técnica yosegi (ensamblar piezas de madera separadas).
Kōshō fue un escultor japonés activo en las primeras décadas del siglo XIII, durante el período Kamakura. Era el cuarto hijo del renombrado escultor Unkei, uno de los principales exponentes de la escuela Kei. Una de las obras más conocidas es la estatua en madera policromada del monje Kūya Shōnin, realizada alrededor de la primera década del siglo XIII, se conserva en el templo Rokuharamitsu-ji en Kioto. La figura muestra a Kūya recitando una alabanza, representada por seis pequeñas estatuas de Buda Amida que emergen de su boca.
También es importante resaltar la técnica de talla Kamakura-bori, que consiste en tallar la madera antes de aplicar la laca. Surgió de una reinterpretación de las técnicas de tallado en laca importadas de China en aquella época. Para alejarse del estilo original chino, se decidió tallar primero la madera antes de aplicar la laca. De esta manera, el acabado final tendría un aspecto mucho más natural. Se talla un patrón que suele representar elementos naturales como flores.
La pintura en el periodo Kamakura (1185-1333):
-Descenso de Amida entre las montañas. Templo Zenrin-ji: “Descenso de Amida entre las montañas” (絹本著色山越阿弥陀図) es un pergamino colgante en color sobre seda del siglo XIII (período Kamakura) conservado en el templo Zenrin-ji (Eikandō) de Kioto. Representa a Amitābha (Amida) descendiendo desde el Paraíso Puro entre nubes flotantes, flanqueado por bodhisattvas que elevan ofrendas. El motivo responde a la devoción Jōdo (Tierra Pura): Zenrin-ji era un importante centro del amidismo, famoso además por la estatua del Amida Mikaeri. La composición es equilibrada y reverente: Amida está centrado, con las manos en el pecho, mientras las figuras auxiliares se disponen con detalle refinado. Según el Museo Nacional de Kioto, este “tema popular del Kamakura” es aquí tratado con una estructura armónica y una representación muy elaborada de las figuras, típico de la pintura budista de la época. El autor es desconocido (como ocurre con la mayoría de estos emaki religiosos). Actualmente la obra permanece en Zenrin-ji, y es considerada un Tesoro Cultural por su calidad técnica (tinta, color y detalles de oro sobre seda) y su importancia en la expansión del culto a Amida en el Japón medieval.
-Rollo de los espíritus hambrientos: El Gaki-zōshi (餓鬼草紙) es un pergamino narrativo, atribuido a finales del siglo XII, que ilustra la leyenda de los gaki o “espíritus hambrientos” (un reino de existencia budista). En él se muestran fantasmas famélicos atormentados, aves demoníacas y escenas de salvación: por ejemplo, la ofrenda de agua en tumbas ancestrales o la intervención de Maudgalyayana (Mokuren) iniciando el rito del Obon para liberar a su madre del hambre eterna. El Museo Nacional de Kioto describe cómo el rollo presenta métodos para paliar el sufrimiento de los gaki mediante ceremonias religiosas. De hecho, la versión completa se conserva como Tesoro Nacional (Museo Nacional de Tokio), conteniendo relatos de la salvación de los hambrientos. El estilo es colorido y narrativo, con figuras estilizadas y expresivas de culpa o remordimiento; los autores son anónimos (corriente de pinturas didácticas del Kamakura). Este emaki cobra relevancia como parte del ciclo rokudō-e (Seis Reinos): complementa al Jigoku-zōshi del Infierno al enfatizar el sufrimiento del plano humano y la necesidad de compasión y ofrendas para los difuntos.
-Manual de las enfermedades: Aunque su nombre varía, la obra conocida como Yamai no Sōshi (病草紙, Enfermedades y deformidades) consiste en un conjunto de rollos ilustrados del siglo XII (copia del XVII) que recopilan toda clase de dolencias inusuales. Se trata de un handscroll con tinta y coloreados suaves sobre papel, ahora repartido en varios segmentos (la mayor parte está en el Museo Nacional de Kioto como Tesoro Nacional). Cada escena retrata a un enfermo central –por ej. con anginas, lombrices, deformidades– en entornos cotidianos, con pinceladas sueltas y colores ligeros. El Museo de Kioto señala que las “pinceladas relajadas, casi despreocupadas” y el tratamiento de género de las escenas recuerdan a los rollos de gaki-zōshi y jigoku-zōshi . Por ello suele ubicarse dentro de los rokudō-e, al expresar las miserias del reino humano. Sin embargo, en lugar de instar al abandono del mundo como el jigoku-zōshi, este rollo apela a la empatía a través de narraciones minuciosas. Se ignora el autor original (el rollo sobreviviente es en realidad copia del poeta Nagoya Odate en la era Kansei), pero su interés estilístico y temático lo hace único entre el arte narrativo kamakura.
-Retrato de Yoritomo Minamoto de Takanobu Fujiwara: El Retrato de Minamoto no Yoritomo (1179) es uno de los tres grandes nise-e (retratos de “sí mismo”) de gran formato atribuidos a Fujiwara Takanobu, aunque la pieza conservada en el templo Jingo-ji de Kioto podría ser copia posterior. Es un colgante de color sobre seda (143 × 112 cm) donde aparece el primer shōgun con traje oficial negro. El artista se aleja de la idealización: la figura destaca por su realismo lapidario. Como nota la historiografía, el sujeto tiene “rostro enjuto y ojos duros y acerados”, rasgos que resultan inolvidables y reflejan el individualismo bélico de la era. El frente sombrío, la pose hierática y el aire sombrío constituyeron el arquetipo del retrato kamakura. Aunque la tradición señalaba a Takanobu (1142–1205) como autor, estudios recientes sugieren que este pendón es una copia (tras el 1179) de su original. De cualquier modo, Takanobu –nacido en Kioto y especializado en nise-e– estableció el canon del retrato realista en Japón; solo sobrevivieron tres obras suyas, y esta de Yoritomo es la más célebre. Por su antigüedad y calidad técnica, este retrato ha sido clave para el naturalismo retratista del periodo Kamakura.
-Catarata de Nachi: La Catarata de Nachi es una pintura de paisaje sintoísta-budista (suijaku-e) realizada hacia 1300 d.C. (Kamakura tardío). Sobre un rollo de 160,7×58,8 cm en seda con tinta, color y pan de oro, se representa la poderosa cascada de Nachi (principal deidad local, Hiryū Gongen) con las aguas cayendo estrepitosamente entre riscos. Se enfatiza «la fuerza de la cascada precipitándose aplomadamente hacia abajo… y la deslumbrante blancura del agua» sobre fondos de pinos verde-azulados. El Museo Nezu (Tokio) destaca que la obra es un caso típico de pintura suijaku: la cascada es tratada como deidad reencarnada, infundiendo a toda la escena una «solemnidad serena» y un profundo respeto religioso por la naturaleza. También observa influencia de la pintura paisajista china Song en los matices de tinta y oro que marcan las rocas. Esta obra, de autoría anónima, se conserva en el Museo Nezu de Tokio como uno de los ejemplos más acabados del paisaje religioso japonés. Su relevancia radica en la fusión del culto sintoísta a la montaña/divinidad con la estética pictórica budista del Kamakura, así como en representar el ideal de la belleza natural como esencia espiritual.
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